El Mayo Francés (1968) y el Mayo Argentino (1969) en la cámara de ecos

En su libro S/Z (1970), Roland Barthes define el texto como “cámara de ecos”, caja de resonancias de diferentes discursos. Esta definición sitúa cada texto en relación horizontal con otros textos, que a su vez estarían en relación con otros, en un progressum ad infinitum. De este modo, Barthes trabajaría en sentido contrario a las nociones de “fuente” (origen), “propiedad” (autor) y “jerarquía” (poder).

El cambio de paradigma es total. Si la teoría literaria tradicional se ocupaba centralmente de buscar las “fuentes de un texto [literario]” para dilucidar qué deudas mantendría éste con un otro (anterior en el tiempo y superior en prestigio y/o calidad literaria), Barthes va a desatenderse de este problema para situarse en el espacio entre-textos, obliterando conscientemente toda relación de jerarquía entre ellos. No habrá ya, por lo mismo, “textos modélicos” o “fundantes”, ni textos escritos al pie de otros, ni epígonos, ni precursores. Todo entraría simplemente a reverberar. Y, entonces, poco importa ya quién detenta la autoridad –la propiedad– sobre un texto determinado: poco importan los autores. La noción de “eco” de Barthes para conceptualizar la inter-textualidad reposiciona así al lector en el centro de la escena: la relación de reciprocidad entre textos se despliega en la instancia de la lectura, mucho más que en la de la escritura. La inter-textualidad así entendida supone, sobre todo, la competencia y el dominio del lector.

Amplificando la metáfora acústica de Barthes, la presente exhibición de documentos, “El Mayo Francés (1968) y el Mayo Argentino (1969) en la cámara de ecos”, elige releer el Mayo Francés y el Mayo Argentino en relación recíproca. En otras palabras: no como unidades cerradas y autosuficientes, sino desde las reverberaciones que el uno suscita en el otro.

Retomar el concepto barthesiano de “eco” para indagar ambas series de acontecimientos históricos nos evitaría pensar el Cordobazo argentino en relación de emulación (o bien como remake deslucida) del Mayo Francés, habida cuenta que tomó lugar un año más tarde. Este abordaje soslaya por consiguiente toda pregunta que remita a las ideas de “copia” y/ o “repetición”, todo interrogante (banal) que pretenda dirimir qué tuvo de mejor (de más logrado) un Mayo respecto al otro. Imposibilita una visión eurocéntrica del “Cordobazo” y una provinciana del Mayo Francés. Por último, la idea barthesiana de “eco”, en su amplitud, nos permite extender la indagación a otras esferas de tipo, si se quiere, más “culturalista”, sin soslayar por ello la dimensión historiográfica. En otras palabras: abarcar la dimensión subjetiva de cada uno de los Mayos en sí mismos, pero, especialmente, dar cuenta de ella en términos de relación recíproca.

En lo concreto, la exhibición de documentos “El Mayo Francés (1968) y el Mayo Argentino (1969) en la cámara de ecos” que aquí presentamos se despliega en cuatro módulos, que responden al eje curatorial general del “eco” barthesiano: 1) el llamado “proyecto situacionista”; 2) las relaciones entre cine y política, 3) el afichismo y 4) la “recepción cruzada”. Si, como afirmó Gilles Deleuze, el Mayo Francés fue un “devenir revolucionario sin porvenir de revolución”, a 50 años de los acontecimientos, aún nos preguntamos por las potencialidades y límites de esa irrupción de un devenir en estado puro. Similares interrogantes sigue suscitando el fenómeno del “Cordobazo”, momento cumbre de la unión obrero-estudiantil en nuestro país.

Créditos

Virginia Castro (curaduría y montaje)